Monday, February 12, 2007
Friday, February 9, 2007
Silencio
No me sorprendía que entendiera mis cuentos, porque luego de pasar un miedo terrible, agarré el valor para decirle que todas las ellas eran ella. Le gustaba saberse otras, no sólo estar en el cine o cenando con alguien que podría ser fácilmente sustituido, sino ser un cabello, una hoja y hasta de esa mugre que te encuentras debajo de las uñas. Sobre todo le gustaba ser mosca, y yo sé por qué: ella es también ella. Siempre zumbaba y me veía con sus múltiples ojos que quizá automáticamente convertían cada imagen en interpretación. Eso a mí me llenaba de alegría, me hacía olvidar que caminaba por la calle con uno que no es yo. Hubo un momento, sin embargo... sí, lo hubo. En los cuentos yo me perdía con ella; pero hubo un día en que encontré todos mis cuentos reunidos, y no llevaban mi nombre -eran una novela-. Ni preguntar quién la escribió porque de seguro fue ella; no me atrevo a preguntarle, quizá en cuentos.
Mientras pensaba en una estructura para transferir lo mío a lo otro, caminando entre cascadas de libros, me encuentro su nombre impreso en uno. En la portada dibujada la milojos y su nombre como título. La estructura cayó, era insignificante en comparación.
Y en la primera página leo una de las líneas del primer cuento que le corté en pedacitos para que pudiera saborearlo así como yo lo había cocinado. Fue un momento divino, yo ya no era yo, era como ella, ya no era sólo el que leía el libro, habitaba allí, en un platillo de letras revueltas que para unos significa mierda y para mí una respuesta.
Un piojo muy simpático que brincaba y gritaba muchas tonterías para hacerle cosquillas a los demás. Continué leyendo y el piojo murió sin haber jamás encontrado el cabello tan lindo que confundía con un árbol que daba una fruta riquísima y prohibida. Intencionalmente me aventó en un laberinto cuya salida era su encuentro; pero de igual manera me prohibió siquiera verlo. Me convirtió en una mancha que no le permite leer una palabra de su libro favorito que le interesa bastante, y como sabe cuál palabra cubro, pone una cinta blanca por encima y me mantiene escondido detrás de su propia letra. Escribe la palabra sobre mí, y yo siento esa caricia como nunca nada. Es una caricia lejana, pero que como mancha me moja de lágrimas y me hace crecer, así que pierde la página. Entonces ella la transcribe y pega por encima de mi profunda y epidérmica superficie. Y eso me causa un dolor terrible, entonces ya el libro se vuelve completamente una mancha. Lo mete al cesto de basura porque ya no es lo que ella quiere que sea, es otra cosa.
Allí es cuando se da perfecta cuenta de que sus uñas están manchadas por debajo, y soy mugre. No me voy, no me voy, no me voy. En todos lados estoy. Deshacerte de mí sólo te trae más cerca, es cada intento una prueba de cuánto quieres ser todas las ellas con los yos.
Finalmente la novela, en la que somos juntos lo mismo y ya no necesitamos más prueba de nada para ir a donde ya hemos escrito que nos esperamos desesperados por un abrazo en donde mis brazos entran en tu tibia cintura y caemos fríos manchando la tierra y cubriendo la montaña de nieve.
Ya no quise seguir leyendo la novela, entendí perfectamente por qué se llamaba Mosca. Era simplemente una de las miles de interpretaciones que automáticamente se forjaban, no era un mensaje ni una respuesta. Era más bien una bofetada que me metía nuevamente a la realidad, que me expulsaba de toda esa alegre fantasía en la que tú y yo eramos una unidad.
O.
